A 30 años del disco emblema de Los Prisioneros

Por Italo Polizzi

«Cuando pienso en Pateando Piedras, evoco algo provinciano, limpio, y especialmente me acuerdo de Concepción, porque gran parte de esas canciones se hicieron mientras tocábamos en el sur.» Jorge González Ríos,  “Exijo ser un héroe: la Historia (real) de Los Prisioneros” (2002)

… Es 15 de septiembre de 1986. El país está bajo estado de sitio desde el fallido (pero heroico) atentado al dictador acometido 8 días atrás. La industria nacional está en el suelo y la crisis económica del 82 aún golpea a los miles de desempleados, principalmente jóvenes, que tras terminar los 12 años de educación formal en escuelas numeradas se encuentran- literalmente- pateando piedras y sin futuro. Por los únicos dos canales (d̶e̶ ̶m̶i̶e̶r̶d̶a̶ ) de televisión desfilan Don Francisco y Raquel Argandoña, el Pollo Fuentes y Enrique Maluenda; en los programas de videoclips aparecen Madonna,  Luis Miguel o Soda Stereo; y, al caer la noche, 60 Minutos, noticiero digno de película futurista distópica en que se mezclan loas al régimen, reportajes parciales y amarillismo del peor relativo al “terrorismo” y la delincuencia común (sí, la misma que algunos subnormales creen que no existía en dictadura).

Es en este marco que la banda sanmiguelina lanza su segunda placa, la que estilísticamente da un inusual giro de 180 grados desde la mezcla de estilos marca The Clash, de su primer disco, hacia la música con sintetizadores, gentileza del creciente fanatismo de González y Tapia por bandas como Depeche Mode.

Otra cosa es la lírica… Acá Jorge da un salto cualitativo exponencial y se consolida como el mejor letrista de rock de la historia nacional, heredero directo del imaginario comprometido de Violeta y Victor, pero en un concepto musical más cercano a la pista de baile que a las peñas, al pop de factura británica que a la izquierda folk.

Y acá me quiero detener… Existen un puñado de bandas inglesas que han logrado en algunos álbumes conceptuales entregar una cruda fotografía de su época a través de la utilización de personajes, la idolatración de un pasado ideal y el uso de la ironía social para hablarle a la persona común y sus problemas;  tal es el caso de The Kinks en el 68, The Jam en el 78, Madness en 1982 (y más tarde Blur y Pulp a mediados de los 90).

Es en esta tradición en la que englobo a este álbum de rápida factura que ahora desmenuzamos tema por tema… Ya les había advertido Carlos Fonseca que para el primer disco se tiene toda la vida y para el segundo, sólo unos meses…

La apertura con “Muevan las industrias” da clara señal del brutal cambio estético en la banda. Una obra maestra, en la línea de Devo y DM, que configura líricamente el Chile que mantenemos hasta hoy, donde la industrialización de la época desarrollista da paso a un país que sólo exporta palos, frutas y minerales y en el que nos vendemos entre nosotros a través del mugroso retail.

En “Por qué no se van” se retoman la guitarra eléctrica y el bajo (con una línea de lujo) para disparar en ritmo de ska contra el creciente esnobismo patrio, sobre todo en las artes.

“El baile de los que sobran” es para escribir una columna completa y prefigura toda la crisis educacional que hemos visto estallar el 2006 y el 2011. Mención aparte es la nostalgia por un pasado ideal (¿UP?) en las líneas que canta Miguel.

Le sigue “Estar solo”, donde la angustia del aislamiento veinteañero en clave dark nos entrega una de las canciones más intensas del trío, rescatada años más tarde en una más que recomendable versión del colega Carlos Cabezas.

En “Exijo ser un héroe”, Jorge usa la primera persona para meterse en la piel y  venas de un santiaguino NN que no brilla ni en su familia y para el que los años pasan entre el metro y la pega, pero que sueña con salir en las portadas de las revistas en las que ya empezaban a salir los mismos Prisioneros.

El lado B (es la época del casete) comienza con una patada voladora: “Quieren dinero” y el obsceno y transversal amor al lucro, todo eso sobre un ritmo ultra bailable en que una guitarra de spaghetti western da paso a una base rítmica a lo New Order. Clásico instantáneo.

En “Por favor”, las penas de amor colegiales de “Paramar” o “Mentalidad televisiva” maduran para aterrizar en una sentida balada synthpop sobre el amor consumado pero marchito por la rutina y los caracteres, pasaje en piano acústico incluido.

“Por qué los ricos” es otra muestra de la lucidez de Jorge para retratar las clases sociales y sus conflictos. Otro clásico, aunque la batería electrónica acá resta más de lo que suma, es cosa de ver los registros en vivo del regreso del 2001.

Otro personaje criollo narrado en primera persona por González es el tosco machista de “Necesito una mujer que no llame la atención”. Buen preámbulo a ese combo en el hocico al patriarcado que sería “Corazones rojos”, unos años después.

Al final, en el cierre con “Independencia Cultural” – palanqueo a la Radio Concierto de la época y su resistencia a poner música en español incluida–  los muchachos acentúan sus raíces latinoamericanas por sobre la etiqueta “new wave” que insistía en ponerle, no sin motivos,  la prensa musical de la época y dan un cierre al álbum de la inflexión en la historia de la banda.

… Han pasado exactos 30 años y habla muy bien del compositor, pero pésimo del país que hemos construido, que todos los tópicos que trata el disco (desindustrialización, esnobismo, crisis educacional y de oportunidades, soledad, amor desmedido al dinero, machismo, inequidad, imperialismo) sigan tan vigentes como si el LP hubiera salido hoy.

Y es que, aunque La Voz de los 80 sea el hueso santo del rock chileno, La Cultura de la basura una placa de culto para fanáticos, y el Corazones lograra finalmente que el reconocimiento crítico superara sus altas ventas… Al menos  para mí, ese casete con la caratula de los chicos en la línea del metro de Santiago –el primero que recuerdo haber escuchado completo en mi vida y  que mezcla ladridos de perros callejeros con sonidos de balones de gas– es el álbum definitivo del pop rock nacional, la joya de San Miguel que ha envejecido demasiado bien y que hoy cumple tres décadas que pasaron demasiado rápido.