El auge y caída

Por Alvaro Godoy Maureira

Me meto a mi viejo cuarto, hacía meses que no pisaba la casa de mis viejos, siempre evadiendo, y noto que los afiches que he coleccionado toda mi vida están destruidos, algunos rayados con plumones, pero hay algunos que están intactos, los que estaban más llegando al final de la pared. El autor intelectual de la destrucción de mi pieza es mi sobrino Tomás, con 4 años le dieron un plumón y rayó toda mi pieza. Adiós afiches, fotos, entradas a tokatas, conciertos, etc.; en fin, como buen obsesivo compulsivo, sentí una pena y frustración enorme. ver como mis años de obtener tanto cachivache y juntarlos como pequeños trofeos de la nostalgia, ya no están más. Echado en un rincón de mi vieja pieza contemplo cómo aquel desastre igual combinaba con juguetes y lápices de colores. Bueno, yo ya había partido de acá no sé cuántas veces, alguna vez volvería y esto tenía que pasar. Respiro hondo y me voy directo donde mi mamá que me espera cabeza gacha pensando que armaría una guerra nuclear. Intenté armarla, pero carajos, me la ganó el pensar que Tomás había disfrutado su expresión.

Llamé a Paulina una noche de marzo, con ella siempre hablaba de ti. Yo tenía un cuento con ella en los años que te conocí, no sé cómo logré tener esa confianza con la Pau y contarle que me había enamorado por primera vez en mi vida, que eras cuica según yo y que tu color de pelo me daba alergia, pero me sacaste cresta y media jugando pool y que tus manos para obtener falopa sin anestésicos dentales eran una putada grosería. Mis días y noches en la capital del país habían pasado de ser un simple temporero de sandias a un bohemio de mierda decadente, pero enamorado de una rubia de ojos celestes, el más cliché de los clichés en los estándares de belleza femenina. De hecho, nunca, más he visto a una blonda tan hiperventilada como tú, ahora evado cualquier relación humana con ellas, el subconsciente siempre gana. “Nunca más serás feliz, lo dijeron los ángeles del parque”, vas o venís wacho, Loquero.

A la Pau le pareció súper bacán que la llamara. Está viviendo en Concepción, estudiando algo con sistema público, en realidad poco le entendí sobre su vida en este 2017. Me tocó contarle cómo va la mía: aún en terapia, de psiquiatra a psicólogo, de terapeuta ocupacional a trabajador social, flores de bach, meditaciones, etc. Acababa de romper una relación amorosa y estaba como outsider de todo, mi llamada era una consulta concreta:

-“oye, cabezona, buta, ¿te acuerdas qué año murió la Pame? Es que, weona, en estos días de mierda que he tenido, acabo de salir a entregar pan amasado a domicilio y pasó un auto. No sé qué mierda de auto era, pero me saludó alguien y mi vista congeló un poco un rostro. Era ella, estoy seguro. O sea, obvio no era ella, porque está muerta, yo mismo vi su ánfora llegar en un avión desde España, su padre destruido y todo ese cuento. Pero entonces aluciné con ella. No sé cabezona, ayúdame, dime cuanto ha pasado. Yo nunca hablo de ella, nunca la menciono. Es mi pena más grande, es lo único que sé”.

-“Buta, gordo, debe de haber sido el 2008, yo estaba en Temuco estudiando, y me enteré por msn, había hablado con ella temprano que estaba contenta…”

Yo recordé que era verano en Europa y que ella extrañaba las olas del mar sudaca. Le di mis buenos deseos a la Pau, y no la molesté más. Es la única persona que conservo entre mis amistades de aquellos años.

Pame, ya con la fecha en mi mente puedo decir que han pasado 9 años desde que te vi subir a un taxi y me preguntaste enojada por que no iría al aeropuerto, creo haberte mirado muy serio, tanto que me dijiste, -“está bien, nos vemos en 5 meses”-, no insistiendo una mierda, para no hacer más difícil ni con llantos la última vez que nos tomaríamos de la mano. –“Vendré al cumple da la Estrella y vendrás conmigo los otros 8 meses que me queden en España, ¿cierto?”. Te miré y me reí mucho. Te dije que sí, que en estos 5 meses acá me buscaría un trabajo que no fuera vender sustancias o apuntar con fierros a padres de familia en un paso de nivel en la carretera, y que me limpiaría, necesitaba bajar unos cambios en mi motor.  Ya mi presión arterial me estaba avisando, y te pedí por favor que te comportaras como alguien que tenía un futuro, me besaste, nos abrazamos, te besé, metiste tu mano en mi chaqueta y te subiste al taxi. Tu viejo me abrazó y me dijo que todo estaría bien, que él se quedaría contigo esos meses de adaptación y que yo después conocería Europa contigo. Te fuiste. Tu hermana y tu vieja, la señora Leonor, me invitaron a comer. Creo que pedí una ensalada frappe y un shop. Tu madre me miraba y se reía.  Ni hablé, sólo engullí la comida y tu hermana, la Estrella, me dio lo que no pudo comer de su plato.

Me fui al terminal de buses con destino a Mulchén. Paulina entraba a estudiar psicología en Temuco y mis otros amigxs de acá estaban todos en la de ellos. También entrando en los estudios, algunos siendo padres, y yo ahí: solo, sin un puto peso, pero te había prometido no más atracos y limpiarme. Hablé con un médico, le conté más menos mi plan y me empezó una abstinencia de las mil putas. Sudaba todas las noches. En las mañanas vomitaba una especie de agua con cola fría, era una nata estomacal asquerosa. Estuve con fiebre, varias semanas, me saqué una muela del juicio. En fin, me mantuve ocupado un par de meses, hablaba sin ganas contigo por teléfono. Era horrible escucharte feliz, tan bonita seria la mierda de país que te albergaba a ti y a tu viejo. Cómo podías estar tan bien si yo tenía una angustia tan grande oprimiendo mi corazón roto, abstinente, delirante, pero te decía que sí, que estaba bien, que ya nos veríamos, mientras miraba tu fotolog y dibujaba uno que otro cuete que me regalaba mi compadre Pitutex, en esos días post operatorios de su cabeza; ese weón se estrelló contra un camión y la mitad de su cráneo es de titanio y va a fumar por eternas migrañas hasta que lo llame la luz. Yo lo hacía para bajar un poco. Ya no tenía náuseas, y comía normal. Sólo mis paranoias duraban y se mantenían. Maldito polvo blanco. Hasta hoy no tolero ver cómo alguien a quien yo estime pueda esnifar delante mío esa basura blanca.

Un día terminamos por teléfono. Me aburrí de pensar en ti, me dolía. Mis inseguridades, mis miedos pudieron más. Te enojaste tanto que no me hablaste en 1 mes, fueron 4 semanas donde los clásicos destilados de 500 pesos volvieron a mi dieta en gloria y majestad, hasta vomitar coágulos. Todas las apologías a las drogas posibles de conseguir, mis amigos no estaban, todos estudiando lejos. Tú a 2 mares de distancia y yo con mi viejo sony walkman caminaba por las orillas de los cerros; el Cochento y el Manquicuel fueron testigos de mis ritualizaciones de dolor, los ríos Bureo y Mulchén lavaron mis heridas. Paré de tanta mierda en mi cabeza y te llamé yo. Estabas contenta, me dijiste que cortara, que me llamarías tú. Creo que hablamos como 4 horas, habías ido a un par de conciertos y no parabas de decirme lo bueno que era el speed para ir a clases post carrete. Me fallaste y yo abstinente, creo que nunca he hablado tan desilusionado de alguien por teléfono en mi vida. Me sentí engañado. Aún no entiendo cómo pudiste hacerlo, si yo estaba limpio acá.

Con los años algo de libertades individuales he logrado abrazar y te he podido perdonar. Ya llevabas 3 meses en Barcelona, tu viejo asistía a clases de canto, se fue a asegurar que su hija, la oveja tripiada de la familia, no se metiera en problemas. Tú estabas en la tuya, viendo un par de magísters o post grados, algo así me contabas. Yo acá en Chile salía a repartir carbón de hualle todas mis mañanas frías en Mulchén. Te pensaba a diario y eran épocas donde los ciber cafés olían a cigarrillos y pajas. Yo los ocupaba para hablarte por chat. te extrañaba mucho. Tenía mis líos amorosos acá, bastante rosas incluso. Pero tú eras mi rubia de ojos celestes, la más loca de todas, y estabas fascinada con el speed y la ketamina. Sí, un sedante para caballos. Pamela, en qué mierda estabas pensando, eso siempre me quedó como una interrogante.

Recuerdo unas minivacaciones que pasamos juntos. Yo estaba con fiebre acá en el sur y me llamaste para que me pinchara antibióticos, porque me ibas a ocupar en unos días después. Yo casi me partí riendo. Te hice caso. Fui a las monjas de la Plaza Pinto en Los Ángeles y me vacunaron. A los 4 días te esperé en Concepción, venías en un Jeep súper tosco. Yo no sé de autos, pero me explicabas que era tu primer Suzuki, que nunca te desprenderías de él y viajamos. Llegamos a Pichilemu un martes, tipo 6 de la tarde. Pasamos a comprar empanadas de camarón queso y llegamos a una cabaña súper amplia. Yo descargué los bolsos y tú mirabas el mar. Me dijiste: -“Gordo, vas a aprender a surfear, no tengas miedo weón, que yo estaré contigo ahí”. Nos aperamos con un cooler lleno de Paulaner y nada de cigarros me dijiste, vamos a hacer deporte weón, y cocaína la menos posible. Follaríamos, sin moradores y pretendías sacarme la chucha por toda esa cabaña. Me imagino la cara de gozo y vergüenza que puse que te acercaste a mirarme bien y me dijiste: -” Ya sabes, cocaína la menos posible, a ninguno de los dos nos ayuda para culiar rico”.

Me enseñaste a deslizarme con la tabla, por cerros de agua salada. Fue espectacular, para un palurdo criado en cerros y ríos como yo, dominar una madera y mezclarla con la fuerza del mar y sus olas fue mágico. Tan así que hasta sentía que había bajado la ansiedad, incluso unos kilos menos debía de tener. Fueron 7 días solos y después llegaron nuestros amigxs, o sea, los tuyos, que terminaron siendo cercanos a mí con el tiempo. Fueron como 20 días perdidos en la zona costera. Fue increíble, un lugar que se nos haría tradición visitar, por mucho tiempo el mar de Pichilemu nos blindó de la soledad, nos dio la fortaleza en la abstinencia, abrigó en la histeria y amor en las tardes frías de ambos.

Tu hermana me contó que de chica experimentabas con borrar tus memorias, que te gustaban los reseteos. Varias sobredosis, accidentales o no, estaban en tu historial clínico. Que la idea de no despertar más la tenías desde jovencita, la separación de tus viejos, y un primo tuyo casi hermano había partido por un cáncer cuando rozaban los 14 años y de ahí nunca más fuiste inocente. Yo te conocí loca, y los dos teníamos cruces y fantasmas en nuestra piel, más de los que se pueden cargar, pero nos blindábamos hasta los dientes en nuestras trincheras. ¿Cuánto me pesas aún, jovencita? Yo creía que nada, de cabrón quizás pensé en eso y sepulté toda duda. Este año, en una especie de regresión hipnótica con mi terapeuta, recordé que un sujeto había abusado de mi inocencia a mis 7 u 8 años. De ahí nacían todas mis inseguridades, miedos, manías, frustraciones por no tener el control de las cosas y lo peor las conductas de aseguramiento que me tienen preso en una dictadura mental de la agorafobia desde hace casi 16 meses. Di con el clavo oxidado que no tenía en mis registros, le di sentido a mis odios, a mis fobias sociales. Mis fracasos y por sobre todo al miedo y la inseguridad, Pame.

Se lo conté todo a una ex compañera y a mi tía donde vivo ahora poco después de haberlo entendido y recordado, y sólo vinieron unos palmoteos en el hombro. No hubo empatía, pero también entendí que ya tengo 32 años y que este mundo es un asco desde siempre, pero me hiciste falta gringa. Esa tarde hubiese querido ser el alcohólico y esnifador más grande de esta ciudad de mierda que me ha visto caer y morir tantas veces. Pero no, me encerré en la más absoluta soledad. Ellas se fueron de acá y continuaron con sus vidas, mi tía volvió a Perú a su trabajo y yo quedé eternamente solo, tirado en una alfombra, repasando toda esta puta vida, todos mis errores, mis caídas, vendidas, apuestas a caballos cojos, etc., y llegue a ti después de esa tarde-noche que, según yo, divisé tu rostro desde un auto, y tuve que llamar a Paulina.

De tu muerte recuerdo que me enteré después de almuerzo y me volví loco. Llamando a tu hermana, a tu vieja, tus amigxs, los míos, a Paulina. Necesita saber si era cierto, si esto no era más que una broma de mierda tuya, o que tu padre estaba confundido, o no sé. Cualquier manotazo de ahogado me serviría. Faltaban 3 semanas para que vinieras por mí, al cumpleaños de tu hermana y yo haría el relevo con tu padre, me iría a España contigo y pensaba en no volver más, pero la vida me hizo trampa, como a todo el mundo quizás, aunque hace poco cierta persona me dijo que no conocía a alguien con más melodramas que a mí. Ganas de partirle el hocico no me faltaron, pero su griterío me tenía podrido, con su hocico partido habría sido el apocalipsis.

Fue una doble dosis de ketamina, tu viejo, tu amado viejo te pillo morada, fría e inerte en las escaleras del piso que habían arrendado en común para la corta estadía de ambos en España. Yo nunca había intercambiado tantas palabras con él. Siempre le hice el quite, esa imagen de filósofo de bolsillo que me proyectaba, a pito de nada, si en realidad no hablábamos mucho, me alejaba de sus concejos de hombre mayor con doctorados y toda esa paja mental. Hasta ese día nunca le había escuchado decir mi nombre: -“Hijo, por favor, ¡cómo lidiaremos con esto!”. Te habías muerto en Europa, tu camello no te advirtió que el hoyo K demoraba en pegar…”.

Después sólo vienen a mi mente nebulosas. Tu padre te cremó en Europa, te trajo en un ánfora de vuelta, yo lo vi bajar, no fui a tu velorio ni misa. Te esperé en Pichilemu, ahí en el mar. Llegaron todxs los que tenían que llegar, te canté Jealus guy de Lennon y El anillo del capitán Beto de Spinetta. Abrieron no sé cómo mierda el ánfora donde estaban tus cenizas y las vaciamos al mar, me metí con tu hermana al agua e hicimos el acto de vaciar su contenido al mar, guardamos un poco en una cajita de fósforos y los mezclamos con merca y alcohol en la noche: me uní contigo para siempre, lo pediste en vida. Nada de cementerios, ni tierra, ni nichos. El mar sería el testigo de tu carrera en la vida.

Hoy estoy en terapia, y me demore 5 meses en escribir esto. Nunca hablo de ti, evadiendo como siempre. ¿Sabes? Te extraño, obvio, como también extraño a varios de mis amigxs que están muertos, pero si el cuento cristiano de que hay vida después de morirse es cierto, espero que me estés esperando cabra weona, con un par de limones exprimidos y cerveza Paulaner. Así nos conocimos, en un recital un jueves 4 de noviembre del 2004 donde tocó The mars volta, PJ Harvey y Morrisey, ahí al lado mío estabas, mirándome y me invitaste a tomarnos algo post recital, sólo por la euforia de haber visto al viejo Moz. Si no hay vida, bueno, carajos. Aún me pesas y yo acá sigo tratando de estar lo mejor que pueda.